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Nueve meses de invierno y tres de infierno, dicen por aquí. No sé si es la misma ola de calor de todos los veranos, pero padecerla sobre la llanura manchega desquiciaría a Alonso Quijano y a Mariano Rajoy. Por eso finalizamos nuestro viaje en Ruidera, que es el gran oasis de Castilla. El origen mítico de sus famosas lagunas se cuenta en el capítulo XXII de la segunda parte: en la cueva de Montesinos tenía el mago Merlín encerradas a quinientas personas, pero "se apiadó de Ruidera y sus siete hijas y dos sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en otras tantas lagunas que ahora en el mundo de los vivos y en la provincia de La Mancha las llaman las lagunas de Ruidera".


Su paisaje es un bálsamo para mentes recalentadas. En algunos puntos el agua es tan turquesa como en Ibiza, con la ventaja de que aquí uno no necesita dejar de ser humano para gozarla. El silencio es total, solo roto por el canto de las aves y el extemporáneo quejío flamenco de unos gitanos en vena de domingueros. El olor a tomillo y a romero que perfuma la estepa es sustituido por la atmósfera fresca de un pantano, y las langostas y los saltamontes son relevados por libélulas y mariposas. Da gusto terminar aquí, flotando en el llanto legendario de las hijas de Ruidera. Se me ocurre que la fecundidad final de este paraje metaforiza el nivel de vida interior que uno ha logrado embalsar en esta semana de nomadismo, ajeno a toda noticia que no datase del XVII.


A la mañana siguiente, antes de volver a Madrid, me acerco a la cueva de Montesinos en pos de la última alucinación. Es una abertura abrupta en mitad del monte; una reja candada nos cierra el paso, pero aún es posible descender hasta la boca y aventurarse unos metros en su interior rezumante, calizo, espeso. Lagartos y polillas, pero ni sombra de los murciélagos que decoraron la estancia onírica del héroe en uno de los pasajes más inquietantes y modernos de la novela. De aquella cala en lo mágico en que contempló espíritus caminando por palacios de cristal saldrá don Quijote un poco más cerca de saber quién es realmente, al modo en que los viajes ácidos -cuentan- pasean al consumidor por su yo más íntimo e incomunicable. Por eso queríamos concluir aquí: porque el llano recorrido durante días prepara los anhelos reprimidos que nutrirán visiones en la cueva de Montesinos. Esta caverna es la Ítaca no tanto del caballero como del lector que ha procurado identificarse con las tierras, los hombres y los ánimos que explican su cuerda locura. Después de este lisérgico colofón ya solo quedan los sueños. Y los sueños, sueños son.


Solo recorriendo estas llanuras se acaba de amar a esta figura dolorosa
Con la piel cocinada a fuego lento por la luz de junio y las retinas quemadas por el resplandor de los trigales, uno se pregunta, en fin, si no lo ha literaturizado todo de más. Si el manchego que leyera mis observaciones no las despachará como el producto de una sensibilidad impresionable y una educación cara. Lo que para él es cotidianidad, para el viajero es símbolo. Pero ¿no son acaso simbólicos todos los hechos? ¿Es analizable un atentado, por extremar el ejemplo, en su pura mecánica de detonación y sangre, prescindiendo de sus significados sociopolíticos, ideológicos, religiosos? Toda acción, todo gesto, todo paisaje es un cifrado que espera una decodificación. El hombre es un animal simbólico, y construye y traduce símbolos sin cesar y sin querer.


Tomemos el concepto de locura. Como en realidad su naturaleza se nos escapa, recurrimos a la metáfora geométrica de la excentricidad: un loco es alguien que se ha desviado del centro, que se ha extraviado por las lindes de la razón, donde acechan bestias oscuras llamadas paranoia, esquizofrenia o trastorno bipolar. Pero La Mancha ocupa el centro geográfico de España, así que quienes vagamos por lugares periféricos somos todos los demás. Los locos sois vosotros, les espetaba Panero a quienes le visitaban en el manicomio. ¿Y si es Cervantes el loco que Don Quijote ideó para encarnar su necesaria verdad?


¿Con quién nos quedamos entonces, con don Quijote o con Alonso Quijano el Bueno? Unamuno, que escribió una novela titulada Amor y pedagogía, escogió al segundo, porque es con quien se puede hacer pedagogía, pero amaba inconfesablemente al primero. ¿Se puede amar a don Quijote, aun sabiendo que su amor siempre desemboca en la melancolía del fracasado? ¿Se puede no amarle? No se puede preferir a Alonso Quijano sin haber conocido a don Quijote, del mismo modo que no se puede decir que abandonamos una doctrina sin haber creído en ella, o a una mujer sin haberla amado previamente.


Quizá en España han sobrado aventureros y faltado pensadores; quizá el prestigio aquí siempre lo dieron antes los cojones que los sesos
Pensaba Taine que don Quijote es el enfermo del espíritu que resulta de ocho siglos de cruzada contra los moros, prolongada más aún -hasta el agotamiento de las energías de la nación- por los conflictos étnicos con moriscos y judíos, por el establecimiento de la Inquisición, por las guerras de religión. Pero luego matiza que el hidalgo de La Mancha es también el arquetipo del idealista en toda época y lugar. Los regeneracionistas -y vivimos una época de regeneracionismo- deberán optar por Alonso Quijano, e incluso por Sancho Panza, porque saben que solo la moral práctica y la aceptación de la realidad empírica hace avanzar a las personas, a las instituciones, a los pueblos. Quizá en España han sobrado aventureros y faltado pensadores; quizá el prestigio aquí siempre lo dieron antes los cojones que los sesos. Pero ¿se puede aspirar a otra cosa que a fabricar relojes de cuco sin una imaginación calenturienta que se atreva a proyectar el disparate? ¿Habría construido su obra visionaria Santiago Bernabéu de haber nacido en Madrid, donde toda la fuerza se va en conspiraciones, en lugar de haber nacido en el enclave manchego de Almansa? He aquí una quijotada exitosa, más allá de tripletes coyunturales.


El carácter que Azorín llamó castizo, además, prepara para el fracaso mejor que otro. Es una escuela de estoicismo preventivo. Excita el anhelo pero jamás promete su satisfacción. Es una raza cuya pervivencia creo haber demostrado, y que emana del clima y del paisaje, y que no es étnica sino moral. "Por este camino, a través de estos llanos, a estas horas precisamente, caminaba una mañana ardorosa de julio el gran caballero de la Triste Figura; sólo recorriendo estas llanuras, empapándose de este silencio, gozando de la austeridad de este paisaje, es como se acaba de amar del todo, íntimamente, profundamente, esta figura dolorosa".


Y es dolorosa porque, al cabo, se revela impotente. Es la historia eterna de ese paisano tuyo que un día, harto de todo y de sí mismo, concibe una empresa irrazonable y rompe la inacción y da un puñetazo en la mesa del café... para caer estérilmente en el marasmo a la primera dificultad. Es la indignación santa del caballero y el conformismo zafio del escudero. La historia de lo peor y lo mejor de España.


Pero a pesar de los pesares, cuando el coche exhausto rueda ya de regreso por las calles urgentes de la capital, recordamos la definición que este Madrid mereció del displicente Cela: "Poblachón manchego". Y nosotros pensamos: ¡ojalá!

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Dejo a don Quijote y Sancho lamentándose de su condición miedosa —humana, al fin y a la postre—, corridos al descubrir el origen del ruido que los aterrorizó en la noche y que no era otro que el de las palas de unos batanes molineros al golpear el agua que las movía, y por la carretera que lleva a Ossa de Montiel, que ya es provincia de Albacete, subo, imitando a Azorín, hacia uno de los lugares más emblemáticos de la mayor novela de la historia: la famosa cueva de Montesinos, en la que don Quijote durmió durante tres días mientras afuera pasaba sólo una hora. Lo cuenta Cervantes en el capítulo XXIII de la segunda parte del libro:


—¿Cuánto ha que bajé? —preguntó don Quijote. —Poco más de una hora —respondió Sancho. —Eso no puede ser —replicó don Quijote—, porque allá me anocheció y amaneció, y tornó a anochecer y a amanecer tres veces; así que, a mi cuenta, tres días he estado en aquellas partes remotas y escondidas a la vista nuestra.


El campo de Montiel


Aunque su patronímico fue el de La Mancha, la patria chica de don Quijote fue propiamente el campo de Montiel, pues en él vivía según Cervantes insiste al narrar sus salidas de la aldea. Así que los montieleños se arrogan el privilegio de su paisanaje, incluso Villanueva de los Infantes, la capital del histórico territorio con permiso del diminuto Montiel, presume abiertamente de ser el lugar de La Mancha del que Cervantes no quiso acordarse para disgusto de Argamasilla de Alba y de los restantes pueblos (Alcázar de San Juan, Esquivias...) que también pretenden lo mismo.
Ondulado y más pobre que La Mancha, el campo de Montiel, que se extiende por el sureste de la provincia de Ciudad Real y por el extremo oeste de la de Albacete, protagoniza, en cualquier caso, muchas de sus correrías.
Antes de llegar, no obstante, me desvío por un camino de tierra en cuya intersección con la carretera un cartel indica la dirección del castillo de Rochafrida. Se trata de la fortaleza, hoy ya un montón de ruinas, de construcción musulmana conquistada por los cristianos tras la batalla de las Navas de Tolosa y abandonada en el siglo XIV, pero cuya memoria poética permanece en el imaginario español gracias a la literatura. El Romance de Rochafrida, que habla de los amores de la princesa Rosaflorida con el conde Montesinos ("En Castilla está un castillo/ que se llama Rocafrida;/ al castillo llaman Roca/ y a la fonte llaman Frida...") le inspiró a Cervantes, según parece, el encantamiento de Durandarte y Belerda que don Quijote le cuenta a Sancho al salir de la cueva de Montesinos, entre otras muchas maravillas. Encantamiento que no es de extrañar habida cuenta de la vegetación y la paz que envuelve tanto la fonte frida del nombre, que continúa manando al pie de la fortaleza, como a ésta, erguida a pesar de su ruina entre la arboleda que el sol dora suavemente en este atardecer de primavera largo como su propia historia.


A la cueva de Montesinos llego ya al anochecer. Como la caseta de información está cerrada y no hay nadie a quien preguntar, tardo en encontrar la sima, que está a cien metros de aquella, escondida entre las encinas carrascas que cubren toda la vista hasta donde el horizonte del campo de Montiel se extiende; un campo ondulado y pardo y dorado también en algunos puntos por los últimos rayos del sol, que aquí ya se ha puesto hace rato. Aún así, alcanzo a ver claramente "la boca espaciosa y ancha, pero llena de cambroneras y cabrahigos, de zarzas y malezas, tan espesas y intrincadas, que de todo en todo la encubren", que don Quijote y Sancho Panza avistaron tras varias horas de camino y a la que el hidalgo no dudó en bajar atado con una soga a pesar de las advertencias de su escudero. Yo ni siquiera tengo esa duda. La cueva está cerrada con una reja que impide acceder a ella, lo que, dada la hora y mi claustrofobia, agradezco, aunque no tenga a quien hacerlo. Estoy solo en el lugar, sin nadie posiblemente en varios kilómetros a la redonda. Animado por esa soledad o atacado de un brote de quijotismo (después de tres días siguiendo su caminar quizá ya empiece a desvariar también), busco el capítulo correspondiente de la novela y me pongo a leer en voz alta, para los pájaros y las perdices que de cuando en cuando pasan entre las sombras de las encinas cerca de mí: "Y en diciendo esto se acercó a la sima, vio no ser posible descolgarse, ni hacer lugar a la entrada, si no era a fuerza de brazos, o a cuchilladas, y así, poniendo mano a la espada, comenzó a derribar y a cortar de aquellas malezas que a la boca de la cueva estaban, por cuyo ruido y estruendo salieron por ella infinidad de grandísimos cuervos y grajos, tan espesos y con tanta priesa, que dieron con don Quijote en el suelo; y si él fuera tan agorero como católico cristiano, lo tuviera a mala señal y excusara de encerrarse en lugar semejante...".


—¿Esta es la cueva de Montesinos?


El hombre, vestido de cicloturista, está parado a mi lado. No le había oído llegar. Y me ha escuchado leer en voz alta solo, lo que hace que me mire con recelo. No debe de estar muy cuerdo, debe de pensar de mí.


—Sí— le respondo.


—¿Y aquí qué pasó? —me pregunta él, acercándose a mirar la cueva— ¿Algo de la guerra?


—No. Aquí estuvo don Quijote.


—¡¿Don Quijote?!— exclama el cicloturista con extrañeza antes de seguir camino, ya en medio de la oscuridad ¿No sería el mago Merlín, que ha salido de la sima al escucharme?, pienso mientras busco el coche.

+info: cultura.elpais.com
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De encanto cervantino y quijotesco, Tomelloso forma parte de la Ruta del Quijote y de la Ruta Enoturística. Argamasilla de Alba, el Castillo de Peñarroya o el Parque Natural de Las Lagunas de Ruidera embellecen la comarca a la que pertenece este municipio manchego.


Perfectamente reconocido como un destino en el que practicar turismo de interior, el perfil de viajero que llega hasta aquí procede, en su mayoría, de Madrid, Valencia y Barcelona y aunque el turista es predominantemente nacional, existe una presencia que corresponde al viajero extranjero y que representa el 2,5% del total.


La tipología del visitante viene marcada por la tendencia de viajar en familia, en pareja o con amigos aumentando el porcentaje de llegadas durante el fin de semana. Durante los días laborables, Tomelloso recibe a un mayor número de grupos organizados siendo, principalmente, las estaciones de primavera las que acogen su llegada.


La conocida como 'Posada de Vid y Cultura´ y puerta de entrada a las famosas Lagunas de Ruidera arroja un conjunto de interesantes resultados que muestran el perfil de viajero que recibirá durante las próximas semanas estivales. La gastronomía, la visita a las bodegas y el mundo del arte son los principales reclamos que busca el visitante que practica un viaje de interior. Las estadísticas prevén un 80% de ocupación.

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